Julio Carreras (h) - Mujeres II

Julio Carreras (h) - Mujeres II

Susana es el segundo relato de la serie "Mujeres". El anterior, "Carmina", cuenta la relación adolescente de un joven provinciano, con una porteñita de vacaciones. El siguiente, "La Negra" el mismo personaje con una militante revolucionaria de los `70 en Córdoba, Argentina.

Monday, May 16, 2005

Susana


En las fotos: Alina Galitskaya (Kiev, Ucrania).

I

En la Noche Buena de 1969 fui a la misa del gallo. Mi lugar en la Catedral era al lado de la estatua de San Sebastián asaeteado, y hacia allí me dirigí. Era un poco más atrás de donde habitualmente solía ubicarse el gobernador Jensen, quien era un hombre buenmozo, vestido con elegancia sin exageración. Acostumbraba pararse muy derecho y contestar al cura con tono militar, lo cual me causaba un poco de gracia. El Padre Nuestro, pues, rezado con ese tono parecía más bien un bando del Ejército.
Las tres naves estaban casi llenas de gente vestida de gala; yo llevaba traje azul y corbata del mismo tono con redondas florecillas coloradas. Hacía mucho calor. Como casi todos saben, por esa época en Santiago hace mucho calor, no es fácil de aguantar. Pero todos los varones andábamos de traje, por la tradición. Abajo teníamos las camisas mojadas en sudor.
El padre consagró la hostia y yo fui a comulgar. Me sentía muy bien esa noche, además con bastante clericó adentro. Mi novia se había ido a Salta con los padres, así que andaba solo.
Interesante panorama se me abrió esa noche, al salir de la Catedral, pues había importantes bailes de Navidad. Entre los más atractivos estaban Trevi y el Lawn Tenis. Vacilando entre ir a uno u otro lugar me dirigí despacio hacia el primero, que estaba más cerca, apenas a dos cuadras de la Catedral. Casi se tuerce mi destino pues encontré, al cruzar la plaza, un grupo de amigos que subían en dos autos e iban hacia el parque; mas luego de debatirlo un poco decidí quedarme. Mi opinión era que por ser aún temprano, debían estar casi vacíos los clubes allá (había dos: Bancarios y Lawn Tenis). A esa hora la gente solía disiparse un rato dando vueltas y curioseando en los boliches del centro. Entonces me quedé y seguí caminando hacia Trevi. Era una noche hermosa, estrellada, por todas partes se olía a flores, y pólvora de cohetes.
En la puerta de Trevi se arremolinaban los muchachos, dubitando entre pagar la entrada o esperar. Como tenía vidrieras -aunque un poco veladas por discretas cortinas de tul-, se podía mirar la concurrencia, por entre quienes ocupaban el bar, que precedía a la pista sobre la franja delantera, hacia la vereda. Se desplegaba un amplio patio de mosaico rodeado por sillas y mesas de mimbre con un escenario al fondo. Su techo era corredizo, con un sistema mecánico muy novedoso por entonces, así que esa noche se podían ver las estrellas.
No había mucha gente aún. Aquí o allá alguna pareja o algún grupo. Como músico de la casa yo tenía derecho a entrar sin pagar, así que saludé a Chicho, que estaba en el bar detrás de la caja, pero me cambió la cara. Era de esa clase de tipos que considera una virtud masculina el ser grosero, y además le daba bronca una pequeña pérdida en el negocio, aunque él fuese un vulgar pinche. Igual el muchacho de la puerta, que me conocía perfectamente, no me hizo el menor problema, por el contrario, me saludó con gran cortesía y me dejó entrar.
Apenas arribé a las cercanías de la pista, divisé a una muchacha. Toda de negro, con un vestido que parecía tejido, rostro y piernas muy blancos, melena rojiza ondulada y oscura, las torneadas pantorrillas y el empeine anforado culminando en dos pequeñas sandalias tacoalto de algún oscuro metal. Me acerqué con lentitud para cerciorarme de la primera impresión. Con disimulo llegué hasta cerca del escenario, apenas a unos tres metros de distancia de su mesa; desde allí podría mirarla muy bien. Era más hermosa de lo que imaginara. Bellísima mujer blanca en ropa muy negra, ojos oscuros, esmeraldinos. Fui decididamente hasta su mesa y, aunque todavía no había nadie en la pista, la invité a bailar.

II

¿Qué significaba mi abuela para mí? Recién a los dieciocho años lo había comprendido. Y fue una revelación tan potente que modificó no sólo mis actitudes hacia ella, sino también casi mi vida entera. Me ubicó, de una anterior posición donde abundaban los cuestionamientos y una cierta percepción entre vergonzante y despectiva hacia la anciana -cosa que originaba no pocos actos de agresividad apenas 
encubierta-, de aquella frívola negación pasé a la del converso que de pronto "siente caer ante sus ojos el velo" y advierte el panorama de su pasado pecador, con todas las caídas presentándose, cada una cual despiadado aguijón que no le dejará reposar en adelante. Del anterior enfurruñamiento del adolescente que comienza a quitarse el bozo y no quiere que sus amigos lo visiten en casa porque advirtió la "superioridad" de aquellos hogares pequeño-burgueses bien ordenados y limpios, en contraste con el propio que, aunque amplio, presenta el caos más adecuado a los ranchos de adobe que acostumbraron a habitar sus ascendientes no mucho tiempo atrás; del niño que siente incomodidad ante la posible comparación entre la Jita -como llamábamos con mi hermano a nuestra abuela- y esas viejas impecables, depiladas, enjoyadas, perfumadas, y que teñían el acicalado casco de pelo blanco con metálicos tonos azulinos, las cuales había comenzado a conocer desde que me hiciera amigo de algunos también impecables gañanes del centro, debido a mi ingreso en la Escuela Normal. Desde esa posición psicológica pasé, en suave desenvolvimiento caracterológico que duró unos tres años -más o menos entre los quince y los dieciocho- a una actitud devocional mantenida hasta su muerte (aunque ya no viviría mucho tiempo con ella porque, ¡ay!, me fui lejos de casa a los 23 años, y ella murió poco después, cuando yo tenía 26 y estaba en la cárcel, en Córdoba, durante la dictadura militar).
Pero entonces, a los dieciocho años, me encontré ante mi Mamá Viejita interiormente de rodillas, como si fuese la amante sombra de una Virgen, que casi desde que naciera había protegido mi cuerpo de niño neurótico y solo, sin pedirme absolutamente otra cosa más que ser yo mismo, en esa -siempre que se presenta- deslumbrante desposesión del amor. Con frecuencia he creído luego que ese amor me salvó de la locura, durante las numerosas oportunidades en que el egoísmo atroz desarrollado desde mi infortunada infancia me pusiera ante las consecuencias terribles de mi propia maldad.
A los 18 años, entonces, más o menos, mi conducta cambió. De impaciente y distante con ella me volví solícito. Apenas llegaba a casa le preguntaba si quería mi ayuda en alguna labor, si precisaba algún mandado. Y me parecía una hazaña que me ennoblecía, salir con la bolsa más gastada a comprar la carne, las papas, batatas, y todas las demás verduras para que mi abuela cocinara. 
Tal es la cultura machista y zonzamente "hidalga" del pobre tonto que es el santiagueño: se nos educa con la perniciosa noción de que todo trabajo físico es propio de seres subalternos y el hacer las compras de la casa propio de sirvientes. Pobres diablos que obtienen un sueldo trabajando de profesores o maestros se creen demasiado importantes como para lavar los platos y renuncian a una parte de ese magro salario para pagar a una muchacha -por otra parte siempre injustamente remunerada-, aunque ello los obligue a ciertas privaciones que se esfuerzan empeñosamente en disimular. Como esa influencia nos anula en parte para la vida, convirtiéndonos en inútiles menesterosos y acomplejados, sin posesiones ni habilidades pero llenos de fatuidades e impostados aires de grandeza, solemos atravesar frecuentemente por situaciones ridículas cuando nos toca vivir en sociedades más evolucionadas.
Por causa de esta mutilación social, el santiagueño medio suele pasar su existencia afanado por tres sistemas de sentimientos, ordenados sobre los leit-motivs de 1) la adhesión patética a minúsculos méritos verdaderos o imaginarios con la voluntad permanente de amplificarlos en toda ocasión que se presente; 2) una aguda hipersensibilidad para las "ofensas" u omisiones de tales méritos, de un modo tan meticuloso que asombra a un observador distante, cuestiones tan nimias como el lugar donde colocaron su silla durante una reunión, o si alguien lo saludó en la calle o no, hasta convertirlas en resentimientos que llegan a cargar durante toda su vida.
Cuando recuperé, pues, la autoestima y el aprecio por la cultura propia del ámbito al que pertenecía, me esforzaba para que todos mis amigos -y especialmente las muchachas pequeño-burguesas o no que conocía- vinieran a mi casa, y vieran claramente con quién se metían, me entró un afán constante de jugar limpio, enarbolando con altivez mi condición de "chico de barrio" -hasta un punto que sin duda debe de haber resultado chocante, casi exhibicionista.
Bueno. Luego de esta digresión tan larga vuelvo a aquella noche de Navidad, en que acercándome audazmente hasta su mesa, invité a bailar a Susana.

III

Pues así se llamaba. Y era Navidad, dado que habían pasado ya con holgura las doce, más bien creo que era como la una de la mañana. Y Susana era cordobesa. Había venido a visitar a sus tíos, tenía un cuerpo muy hermoso y una mirada profunda, como la voz. De todo eso me enteré en instantes, pues tan audaz como mi acercamiento había sido su inmediata aceptación, dado que no había nadie bailando y debido a ello todos nos miraban. Sin hacerles caso bailábamos unos rock-lentos de Tom Jones, como si voláramos, buen signo de que no habría nada oponiéndose entre nosotros ya, pues cuando un muchacho y una chica bailan con tal fluidez, cuando sus pasos se ensamblan con tanta levedad y se entienden tan naturalmente, signo inconfundible será de que están señalados por el destino para protagonizar grandes acontecimientos en común -si se animan a hacerlo. Con nosotros el destino no se iba a decepcionar.
Entre tema y tema le di mis datos -tenía veinte años, estaba preparándome para la colimba, debido a esto había dejado mis actividades principales por entonces, esto es, tocar la guitarra eléctrica en un conjunto y trabajar como disc jockey en un boliche-. Tras cartón le propuse mostrarle el boliche y otra confitería bastante paqueta que había por allí cerca. Nada corta, aceptó, por lo cual fuimos hasta la mesa para avisar al grupo de nuestras intenciones. Le dijeron que volviese pronto, pues tenían el propósito de ir a terminar la fiesta en algún club.
Salimos a la noche constelada del centro felices, como pueden serlo dos adolescentes bellos y libres, yo con Silvina lejos y dinero en el bolsillo y ella irradiando intensas ganas de vivir, las razones de cuya efervescencia me enteraría algunos meses después. Caminamos pavoneándonos acompasadamente por la 9 de Julio, doblamos por la Independencia -y como allí estaba por entonces La Ideal la invité a subir.
Aquél era un ambiente paquete y agradable por aquel tiempo, aún el lugar no se había convertido en boliche, pero propendía a cierta tenuidad en las luces que lo acercaba a esa nueva inclinación que poco a poco iba ganando terreno aquí. Por aquel entonces yo era un tipo ampliamente popular entre los jóvenes, pero también me conocían los mozos, barmans, y todo el resto del aparato administrativo de la noche santiagueña, debido a lo cual cada cuatro pasos alguien me saludaba y se detenía a cambiar palabras, los mozos me trataban con deferencia y rápidamente me ofrecían algún trago, todas cuestiones que mi reciente amiga no dejaba de notar, y que yo muy satisfecho tampoco dejaba de incluir entre mis logros, dentro del plan de conquista, esbozado casi desde el momento mismo en que la viera. Como se sabe las personas -especialmente las mujeres de clase media- suelen ser muy sensibles a cuestiones relacionadas con el prestigio social. No sé hasta qué punto tal cuestión iba a decidir la balanza a mi favor, cuando, muy pronto, a Susana se le presentara la oportunidad de escoger entre otro muchacho y yo; lo cierto es que nunca quedé tranquilo con mi conciencia por causa de ello. Pues si para conseguir el afecto de una mujer hacemos valer cuestiones como el refinamiento del ámbito donde nos movemos, nuestro poder económico, las relaciones sociales, en fin, el porcentaje de valor intrínseco personal disminuye, proporcionalmente a cuanto exhibamos de externo y cuya influencia apliquemos al asunto. Pero me estoy adelantando un poco. Lleguemos a Vértigo.
El boliche adonde trabajara como disc jockey hasta quince días atrás estaba casi desierto aún. Aquí y allá cuchicheaban pequeños grupos, o parejas aisladas, en la semipenumbra; la música sonaba lenta y sosegada. Llevé a Susana hasta la barra y le presenté a Carlín Olmedo, el dueño. Él fue cortés y le dijo que debía hacerse cargo de la música personalmente porque dudaba de poder encontrar otro disc jockey como yo en Santiago. Nos sirvió un par de wishkyes sin aceptar pago, brindamos por la alegría y la felicidad. Después nos fuimos a bailar un poco, pero en la mitad del segundo tema ella quiso volver, la habían conminado a no demorarse mucho. Entonces tomamos un taxi para llegar más rápido.
Trevi estaba ahora bastante concurrido, pero no como en sus mejores noches. Es que en las fiestas de Fin de Año los bailes más importantes succionaban a la gente. Al acercarnos a la mesa noté la presencia de un muchacho alto, rubio, apenas un poco mayor que yo. Era Tito Mazzaferro, un vecino que había obtenido su título de Técnico Químico en la escuela Industrial hacía un par de años, luego se había ido a trabajar al Sur. En el barrio se lo consideraba un triunfador. Le sobraba plata -según se decía-, por eso ayudaba a sus padres, y había anunciado que pronto se compraría un auto. Todos esos datos pasaron como una cinta por mi pensamiento mientras observaba su atuendo impecable -aunque un poco cursi- notando al mismo tiempo que no le había caído nada bien verme llegar junto a Susana. Durante el lapso en que nosotros hacíamos nuestra veloz recorrida el muchacho se había hecho presente, y se veía que su participación estaba prevista, pues no sólo se había integrado a la mesa, sino que mostraba una evidente actitud de haber estado esperando la llegada de la muchacha. Un poco alarmada por nuestra tardanza, su prima dijo:
-Tito nos ha invitado a Central Córdoba.
"Nos ha invitado", apunté. El tipo exhibía su poder económico. Pero por ese lado tampoco me iba a achicar. Hacían precisamente seis días que había vendido los equipos con que tocaba en el conjunto; luego de saldar las deudas, me habían quedado unos mil quinientos pesos, por ese entonces una enormidad (tres pesos = un dólar). Engominado, Tito lucía un saco a cuadros de color ocre, corbata de arpillera, pantalón marrón de raya impecable, cinto al tono con el saco y zapatos al tono con el cinto, de brillo enceguecedor. Ah, y un ancho bigote pajizo con estilo militar, por entonces de moda. Era buen mozo, muy masculino, debíamos reconocerlo. En él tendría sin duda a un fuerte rival. Sin embargo, no luché. Quería disfrutar de esa velada en paz con el mundo y mis semejantes, por todas partes se respiraba un ambiente de liviano distendimiento, así que cuando Susana me abrió aquella puertita diciéndome "Si vas a Central Córdoba nos veremos allá..." rehusé, contestando: "No, yo iré al Lawn Tenis". Por otra parte Central Córdoba era un baile donde se diluían los bordes de la clase media pobre con la popular, y por ese tiempo yo estaba ya habituado a alternar con otros sectores. Así pues, ellos salieron y yo también, pero con rumbos diferentes.
En el Lawn Tenis -que era el baile de las clases acomodadas de Santiago- no me quedó más remedio que sentarme a tomar unas cervezas con Alberto Igarzábal y el Vasco Egaudet, pues había dado varias infructuosas vueltas sin hallar a ninguna chica bonita que no estuviese acompañada. Alberto -lo mismo que el Petiso Arquette- eran piernas seguros, pues casi ninguna chica les salía a bailar -o ellos no se animaban a sacarlas. Así que con algunos de ellos -que siempre estaban- uno tenía la compañía asegurada. Al rato llegó Sandra, la novia del Vasco Egaudet y nos dejó para irse a sentar con ella junto a la pileta. Justo en ese momento, por entre mis amigos que se alejaban y un mozo gordo que discurría presuroso enarbolando su bandeja repleta, percibí una rubia visión. Descendía por la leve colina de césped que conforma el terraplén de la inmensa pileta, la acompañaba mi amigo Piri Sequeira. Me levanté de un salto para seguirlos. "Ya vengo" dije, y dejé a mi compañero solo. Era una pauta aceptada por entonces, así que no alenté ni sombra de remordimiento.
Me acerqué a la mesa para saludar a mi amigo Piri Sequeira. Estaban sus tíos y varias personas más. La rubia muchacha era aún más linda de lo que alcanzara a imaginar. Cuando Piri me la presentó como su prima la invité a bailar de inmediato.
La muchacha era tucumana. ¿He dicho que tengo buenísima onda con los de otras provincias? A lo largo de esta vida mis mejores amigos resultaron cordobeses, santafesinos, entrerrianos, porteños... ¡casi ninguno santiagueño!... Tal vez ese congelamiento mental en pautas decimonónicas, tantos prejuicios aldeanos, tantos sentimientos de inferioridad larvados en el subconsciente colectivo de los santiagueños, en contraste con la libertad de pensamiento, la frescura en los modales, la chispa imaginativa, pero especialmente esa tendencia espontánea a la acción con que los de las ciudades grandes -con frecuencia hijos de inmigrantes- deslumbraban mi psiquismo, siempre ávido de situaciones originales. Pues bien, esta joven -diecisiete años- de aspecto yanqui, no tenía nada de remilgada. Vestía ropas livianas y claras, bailaba con una soltura extraordinaria. Y podía conversar al mismo tiempo de muchos temas interesantes. Conocía a grupos de rock ignotos para el vulgo, como por ejemplo Ten Years After, Led Zeppelin, The Doors. Fue una situación muy buena, de verdad, y ambos lo lamentamos un poco cuando debimos volver a nuestros sitios porque sonó el tema instrumental, que por entonces se usaba para los intermedios.
Igarzábal estaba aburrido, se quería ir. No hay problema, le dije, y me quedé solo. Habíamos ocupado una mesita algo alejada entre los árboles, a cierta distancia de la pista, pues ya no quedaba espacio en los sitios centrales. Desde allí percibí que el cielo estaba comenzando a presentar, levemente, algunos tonos rojizos... ¡qué rápido estaba transcurriendo esa noche!...
Decidido a no perder tiempo, me dirigí hacia la tucumana, que junto a sus familiares ocupaban una larguísima mesa al lado de la pileta. Otra vez nos pusimos a bailar con fervoroso entusiasmo. En eso estábamos, cuando vi junto a la pista, parado, al primo de Susana, un adolescente un poco lerdo y bonachón. Me miraba.
No le hice caso y seguí mi animada charla con la graciosa tucumana. Era delgada y más alta de lo normal, su cabello clarísimo era vaporoso, con ondas desordenadas, lo cual sentaba muy bien a ese rostro fresco, de labios carnosos, rojos como una guinda. Pero la gente se iba retirando, y no había modo de ignorar al muchacho inmóvil que permanecía como una vaca al costado de la pista, clavándonos fijamente la mirada. Cuando dejé que mis ojos se cruzaran con los suyos me hizo una seña, tímida. No tuve más remedio que disculparme con mi compañera y, aún tomándola del brazo para que no se fuera, acercarme al muchacho.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-Está Susana -dijo- me pidió que la acompañara hasta aquí.
Sin pedir más explicaciones para no espantar a la tucumana le dije:
-Está bien... ¿ves aquella mesa? Bueno, es la mía, siéntense allí... pidan lo que quieran, yo invito.
Me sentí fastidiado pero al mismo tiempo halagado. ¿Qué haría? Bueno, ahora estaban en mi mesa. En algún momento tenía que ir. El instinto me indicó de repente que era eso lo correcto, y entre bromas amables me despedí de la simpática tucumana, no sin antes obtener su aprobación para llamarla por teléfono al día siguiente.
Susana y su primo habían sido prudentes: solamente habían pedido una cerveza. Yo tenía tomadas algunas ya, y aparte el clericó original, algo de vino, un par de wishkys, así como una que otra copita especial entremezclada en el incesante desfile de tragos, como cualquier santiagueño que se precie de tal acostumbra para esa noche. Tal vez por ello estaba absolutamente activado, como uno de esos monitos a cuerda, no podía parar de moverme con cualquier rumbo o ritmo. Dejando solo al primo fuimos a sacudirnos a la pista. Me sentía ganador. Por lo cual no dije casi nada, dejándole a ella la iniciativa de todos los diálogos. Me limitaba a bailar con grandes saltos -era la época del pata-pata, Wilson Pickett, Caetano Veloso, Nelson Simonal.
No sé si el amanecer llegó tan rápido como yo lo sentí. Lo cierto es que debimos abandonar el club, pues ya estaba quedando casi desierto. Caminando atravesamos el hermoso parque Aguirre, para ir a tomar un taxi en las paradas que por entonces habían alrededor de la plaza Libertad. Sus parientes vivían a la vuelta de mi casa, un poco más allá; así que luego de pagar el taxi bajé. En el camino había prometido visitar a Susana más tarde -eran como las cinco de la mañana- después de almorzar. Me desvestí dejando la ropa por cualquier lado, y me dormí apenas toqué las sábanas, sin que me molestaran en absoluto los ronquidos de mi abuelo, que dormía en la cama de al lado.

Después del Maharishi

IV

Al día siguiente fui a buscar a Susana y tuve que soportar a los tíos: una mujer que tal vez cuando joven fuera bella, a la sazón gorda, y un tipo de bigotes, también gordo, empleado de la policía, ambos un poco rústicos. Percibía cierta subyacente malevolencia en la impostada obsequiosidad de la mujer, por lo cual me sentí un poco incómodo durante todo el tiempo que permanecí allí. Nada particular. Me fastidiaba además alternar con los mayores, nunca me sentía cómodo con la gente madura.
Después de caretear un rato con los viejos, salimos a caminar por el centro con Susana. Primero le mostré mi casa, de tal modo que ella pudiese buscarme si lo deseaba.
Ella se resolvía en longuilíneas piernas perfectas y le encantaba lucirlas. Esa tarde salió con una minifalda audaz, cuya ingravidez provocaba todo tipo de retorcimientos en los hombres, quienes nos miraban pasar raudamente por las veredas , semiocupadas con las sillas de las confiterías y sus toldos bajo el ardiente sol del verano. Lejos de incomodarme, esta repercusión me infundía cierto orgullo fatuo; me sentía envidiado.
Desde aquella vez salimos casi cada noche con Susana. Ella conoció los boliches de Santiago (por ese entonces sólo dos: Vértigo y Help, pues El Ciervo, que en realidad había sido precursor, era un lugar muy desprestigiado) y alguna que otra confitería. Fue un carrousel vertiginoso de paseos, libaciones, ávidas audiciones de música a medialuz, bailar descalzos bajo la luz tenue, donde juntábamos nuestros cuerpos hasta el límite de lo permitido por la piel, y otras numerosas invenciones regocijantes para efectuar en común, como si estuviésemos corriendo una carrera, en la cual cada minuto adquiría un valor incalculable. En realidad yo sí la estaba corriendo, Silvina regresaría para el Año Nuevo. Y Susana también; aunque yo no me enteraría de eso hasta bastante después.
Los minutos eran vividos, pues, con cada uno de nuestros sentidos abiertos al máximo, pero también con una notable displicencia, que nos permitía no preocuparnos por nada y ejercer gran plasticidad en lo que hacíamos, de tal manera que ninguna perturbación viniera a estorbar los deleitables momentos transcurridos juntos. Hablábamos poco. Si hoy tuviera que repetir algún diálogo de los establecidos con ella no podría hacerlo. Nos limitábamos a disfrutar. La música. Los boliches. Las confiterías. La gente. El sol. La brisa nocturna y también la matinal. Por ese entonces no estaba permitido para una muchacha decente volver después de la una o dos de la madrugada, pero gracias a la vecindad y a que sus tíos conocían a mi familia fuimos ampliando ese margen, luego del extraordinario logro de que nos permitieran desde el segundo día salir solos. 
La segunda vez que fuimos a Vértigo la hice conocer "mi tema": What a wonderful World, de Louis Armstrong. Lo había descubierto entre los discos de Carlín y me había enamorado de su sentido, de su melodía, de su orquestación, de cómo lo cantaba el entrañable Louis; desde entonces lo usé cada noche como amuleto para comenzar mi trabajo de disc jockey con mi mejor ánimo. Esa noche me mandé una fanfarronada también, que casi me cuesta un mal rato. Era un sábado, y la pista principal se había llenado. Entonces nos apartamos en un pasillo donde se había instalado un sector de sillones muy recoleto. Llevado por la excitación del momento -y del alcohol- para demostrarle que allí se podía hacer cualquier cosa que a uno se le ocurriera, anuncié mi voluntad de estrellar contra la pared la gruesa copa de wishky que tenía en mis manos. Y antes de que ella me contestase siquiera lo hice, con gran fragor de vidrios rotos. Enseguida vino el mozo y limpió como pudo el lugar, ya que estaba muy oscuro. Luego de esa baladronada que ahora me parece estúpida pero a los veinte años me llenaba de autosuficiencia, la invité a bailar. Debíamos atravesar el pasillo hacia la pista, y como estábamos descalzos, uno de los pequeños vidrios que había quedado en el suelo me cortó un dedo del pie. Tuvimos que ir atrás de la barra para detener la sangre y curarme. Por suerte la herida era leve, así que con una curita provista por Carlín y colocarme de nuevo los mocasines el asunto quedó solucionado. 
Nada ni nadie nos molestaba, pues a diferencia de la mentalidad provinciana, sumamente gregaria, ambos teníamos esa actitud prevaleciente en la cultura de las ciudades grandes: la de concentrarnos en nuestro hacer, convirtiendo en algo absolutamente autónomo a la extraordinaria concertación lograda en esa pareja perfecta, sin haber hablado ni pensar siquiera -no tuvimos tiempo- en algún tipo de compromiso, ni presente ni futuro. Nunca dijimos te amo. Nunca pronunciamos: "te extrañaré". Nunca mencionamos siquiera la posibilidad de un noviazgo. Pero desde una perspectiva lejana, puede percibirse que se desarrolló entre nosotros una armonía tan profunda, como sólo es posible precisamente cuando se deja de lado cualquier tipo de razonamiento o especulación, para dejar fluir únicamente el ánimo de vivir cada minuto bien, entregándonos íntimamente sólo a ese dulce devenir.

V

Fatalmente llegó el 31 de diciembre. Y el llamado telefónico de Silvina esa mañana, contándome que lo había pasado muy bien en Salta y avisándome que irían a cenar al Lawn Tenis esa noche, por lo cual tendríamos oportunidad de estar un rato juntos y charlar. No se había atrevido a presentarme a sus padres aún, pero estos ya se habían anoticiado de nuestro noviazgo por otros. En Santiago era imposible ocultar estas cuestiones. La ambigua situación me impediría compartir su mesa aquella noche, pero al mismo tiempo me comprometería pues ya estaba "en observación" de sus padres, razón por la cual debíamos simular que "éramos amigos" y, luego de saludar cortésmente a su familia, debería invitarla a bailar. Tal vez 
ella podría evadir un rato el control y venir a la mesa donde yo me ubicara -en lo posible algo apartada de la vista de sus mayores. Me convendría ir con algún amigo, para no aburrirme, pues de otra manera en algún momento me iba a quedar solo: todas estas recomendaciones me dio Silvina por teléfono esa mañana.
Sentado en uno de los cómodos sillones metálicos cubiertos por almohadones de la galería, rumiaba cerca de las doce, hamacándome un poco, en la manera como transmitir estas novedades fatales a Susana, cuando vi aparecer su hermosa cabellera rojiza por entre los rosales de mi abuelo en el jardín, y luego las sinuosas piernas blancas, bajo la minifalda estampada de hojas que disimulaban sólo lo indispensable, y sus bonitos pies apenas engarzados en las dos tiritas de unas hojotas de cuero indígena primorosamente trenzadas. Susana fue la primera chica que vi con las uñas pintadas de azul o verde, y también solía hacerlo de ese modo con las uñas de los pies.
Caminé para abrirle el pequeño, rústico y amable portón de madera que por entonces tenía nuestra casa, como probablemente lo hiciera Jaromir Hladik cuando debió acudir, el 19 de marzo de 1939, a prestar declaración ante el ominoso tribunal de Julius Rothe. Cada paso desganado hacia ella me parecía un arrastrar de pesadísimos grilletes tras de mis pies, y aquellos instantes eternos, o yo quería que fuesen eternos pues deploraba con toda mi alma lo que debería decir luego de franquear esa puerta y juntarme con Susana en nuestra umbrosa vereda.
Debe haber sido tanta la inquietud contenida, que apenas había rozado su mejilla y murmurado un "hola" cuando sin transición lancé, con voz ahogada:
-Tengo que decirte algo, Susana...
La extraordinaria comunión espiritual que habíamos descubierto y cultivado durante esos seis días intensos se manifestó de un modo nítido cuando, luego de un largo silencio, en el que yo no me animaba a decir nada y ella tampoco a preguntar, levantó de repente los ojos y mirándome profundamente dijo:
-...Tienes novia...
A lo cual yo contesté simplemente "sí".
Entonces aquellos raros ojos color verde parra se ensombrecieron y por primera vez vi en su cara una expresión, no de tristeza, sino de resignado pesar.
-Está bien... -murmuró, en el mismo tono con el que habíamos empezado a hablar, como el de quienes conversan en los pasillos de un velatorio- ...está bien... entonces... ¡Adiós!
La miré una sola vez y dije:
-Adiós.
Seguí con la mirada su caminar delicioso, ahora tal vez con deliberación ralentizado, su pelo en penachos, su espalda grácil, sus caderas redondas, sus piernas perfectas y largas, hasta la esquina. Ella no se dio vuelta antes de doblar.
Quedé como si me hubieran vaciado. Fui a sentarme en el sillón donde mi abuelo solía apostarse para mirar el leve tránsito del boulevard, y mis sensaciones eran las de quien luego de haber vivido mucho tiempo en una casa confortable se encuentra al despertar una mañana durmiendo en campo abierto.
En aquel estado semejante al trance almorcé contestando apenas a mi padre y mis abuelos cuando me preguntaban algo, sin que pudiera ocurrírseme alguna salida para el asunto. Hasta que, recostado para hacer la digestión en medio de una leve siesta, mientras miraba el techo se iluminó mi mente con una idea, que en el acto adopté como la única salvación.
Me lavé un poco la cara, lo cual sirvió para darme cuenta que había dormido un rato, pues tenía en la mejilla una raya roja estampada por una rugosidad del almohadón, y marché hacia la casa de Susana. Eran las dos y diez cuando me atendió, ellos acababan de almorzar.
-¿A vos te gustaría seguir saliendo conmigo? - pregunté bajo el encatrado con parras del fresco patio.
Ella bajó los ojos, sin contestar.
-Creo que he encontrado la solución... -continué.
Me miró con interés.
-¿Cuál es? -preguntó.
-Bueno, vos tendrías que aceptar... -dudé.
-Si no me dices...
-Presentarte como mi prima -exclamé-. Si te hacemos pasar por mi prima, no habrá más problemas. Y podremos salir tranquilos, desde entonces, todas las veces que queramos. Sus padres son muy conservadores, apenas la dejan salir de vez en cuando. Y esta misma noche, seguro que se irán a eso de la una o una y media a más tardar... luego, la noche quedará únicamente para vos y yo...
Susana vaciló apenas unos segundos antes de contestar:
-Está bien. ¡Hagamos así!
Entonces yo, que me sentía el ganador del siglo, le dije:
-Perfecto, entonces esta noche, después de los pitos, que te acompañe tu primo hasta mi casa, pasame a buscar para que vayamos juntos al Lawn Tenis.

VI

La noche llegó con todo el fragor de los añonuevos, mucha comida, asado, pollo, pavo, keepi, cabrito, lechón, ensalada rusa; mucho vino, mucha cerveza, mucha sidra, mucho clericó. Esto último especialmente: para mí la Nochebuena y el Año Nuevo eran el tiempo del clericó. Amaba al clericó, y no paraba de tomarlo desde el atardecer, haciendo una pausa solamente para reiniciar la libación al día siguiente, después del almuerzo.
Esa noche tomé demasiado al parecer, pues estaba ahíto y feliz apoltronado sobre el sillón de mi abuelo en la galería, mientras mis numerosos tíos y primos se daban abrazos aún y levantaban una y otra vez las copas, cuando se me presentó de repente en la vereda la pareja compuesta por Susana, elegantísima en su vestido oscuro -tentadoramente corto- y su adolescente primo acompañándola.
No me tomé el trabajo de ponerme el saco ni la invité a pasar. Avisé a mi familia que nos íbamos, nos despedimos de su primo que se quedó mirándonos, y nos subimos al primer taxi que apareció.
El parque estaba hermoso y el club, constelado de luces, presentaba un incesante desfilar de gente que llegaba, pues la mayoría iba allí luego de los brindis. Sacos blancos y levísimos vestidos largos, brillos de discretos pendientes de oro, pequeñas perlas, peinados meticulosamente bruñidos, miradas de aprobación mutua se cruzaba la selecta concurrencia junto a sonrisas y saludos, a veces un poco cursis. Pagué las entradas y nos lanzamos por el sendero de piedras que llevaba a la pileta y la pista como dos niños entrando en un parque de diversiones. Como empezó a sonar La Cumparsita -situación excepcional en esos tiempos de cumbia y rock- espontáneamente la tomé por la cintura, ella cruzó su pequeña cartera a la espalda, me siguió, y entramos bailando durante todo el resto del camino, bailando seguimos por sobre la pista aún vacía y bailando llegamos hasta una mesa milagrosamente desocupada, como si hubiese sido especialmente preparada para nosotros, que parecía esperarnos al otro lado de la pista, sobre el cuidado césped, entre unos pequeños árboles.
Con el rabillo del ojo advertí que la familia de mi novia en pleno se había ubicado en primera fila, junto a la pista, desde donde tendrían una visión perfecta del baile y la orquesta, así como de todo lo que sucedía. También noté el estremecimiento de sorpresa y un poco de desaprobación en el viejo cuando con mi "prima" efectuamos la espectacular entrada. Pero no me importó. ¿Ellos no reconocían públicamente mi noviazgo? Pues bien, no tenían razón alguna entonces para cuestionarme.
Silvina no pudo esperar a que la sacara a bailar y, haciéndose acompañar por una íntima amiga y el Gordo Suárez Villegas acudió a nuestra mesa. Cuando pudo situarse a mi lado al pasar las presentaciones y cortesías protocolares, me pellizcó la pierna por debajo de la mesa:
-¿Esta es tu prima? ¡Es una zorra muy linda!... ¿Por qué nunca me habías dicho nada de que existía? -susurró alarmada.
Un poco molesto por el dolor del pellizco dije:
-No puedo darte un detalle de todos mis parientes. Sabes que somos una familia muy grande...
-Sí pero en Córdoba... No sabía que tenías una prima en Córdoba...
-Sí... es hija de un hermano de mi tía Eudora... -improvisé, apelando a un parentesco real que ella vagamente conocía. Pareció tranquilizarse...
-¿Y te vas a quedar con ella cuando yo me vaya?
-¿Acaso no me dijiste que buscara alguien que me acompañara porque si no me iba a aburrir? -alegué un poco airado.
-Sí pero no sé por qué me parece que ahora te vas a divertir de más... -contestó Silvina comenzando a dudar.
Esa noche exageré un poco mi actuación. Con la excusa de que no podía dejar sola a mi "prima" bailé a un tiempo con las dos. Por suerte el Gordo se nos unió, y pude satisfacer en parte la necesidad de llenar las apariencias con Silvina. Me exalté bailando suelto y se me ocurrió imitar a un mono: para ello trepé a un árbol que se elevaba justo en medio de la pista. Desde allí lancé unos cuantos chillidos, hasta que el presidente del Club, que por entonces era Gómez Herter, un viejo muy remilgado, vino a amenazarme con que iba a quitarme el carnet de socio si continuaba actuando así. Me fastidié. Quise mandarlo a la mierda al viejo pero la mirada rencorosa de Silvina me lo impidió. Entonces me empecé a aburrir mortalmente. Los minutos me parecían muy largos. Comencé a desear con fervor que se fueran todos, mi novia y su familia, y por fin nos dejaran tranquilos con Susana. Cuando ello sucedió, lo vivimos como si sobre nosotros se hubiera emitido una bendición. 
No sucedió nada demasiado particular. Solamente me calmé y dejé de hacer payasadas. Creo que las había hecho como una subconsciente expresión de repudio a toda esa pacatería en que de repente me descubría envuelto, pero sin la valentía suficiente aún como para librarme de ella. Así que después de la partida de la familia López Ferreyra nos quedamos allí, sin tomar ya demasiado pues lo habíamos hecho durante todo el tiempo anterior; nos quedamos tranquilos, gozando soberanamente esa circunstancia de estar juntos, el frescor de la noche, la alegría de los demás, la delicadísima brisa que hacía tremolar mansamente las hojas de los eucaliptos y esa profunda unidad interior capaz de prescindir completamente de las palabras. Más tarde fuimos a Help. Jorge Lamadrid, su dueño, nos atendió con especial deferencia, y en cierto momento avanzado de la madrugada, Susana y yo pasamos al medio de la pista, que allí estaba en un nivel más bajo del piso, para bailar "País tropical", animados por las palmas de las demás parejas. Cuando llegó el amanecer volvimos tranquilamente hasta nuestras casas. La dejé en la puerta de la suya, despedí el taxi allí y regresé caminando los pocos metros que me separaban de mi amable hogar, donde dormían ya tranquilamente mi padre, mi abuela en su habitación y mi abuelo en la misma donde enseguida dormiría también yo. Era, si me lo preguntan, completamente feliz.

VII

El primer día de 1970 fuimos con Susana al Balneario Municipal de La Banda luego de almorzar. Allí vería por primera vez su cuerpo casi enteramente desnudo, pues la bikini que usaba no constaba más que de dos pedacitos de trapo graciosamente adheridos a la piel por elásticos. La impresión fue comparable a un puñetazo en el plexo solar. Una sílfide bellísima de torso grácil, pechos sólidamente erectos, cintura fina, caderas anforadas, miembros gráciles, extraordinariamente armónicos y flexibles, pies pequeños sin la menor imperfección.Habíamos ido a los vestuarios para quitarnos la ropa y quedar listos para el agua. Yo terminé antes y estaba esperando distraído junto al bar cuando la vi salir. La vimos. Todos los hombres que llenaban las mesas de la confitería giraron su cabeza sin disimulo hacia ella - también las mujeres- y algunos se quedaron con la boca abierta. Triunfal, Susana avanzó hacia mí. Triunfal, la tomé del brazo, y deliberadamente elegí el camino más largo para que todos nos admiraran. Ambos llevábamos anteojos oscuros.Fue una tarde agradable. Jugábamos suavemente en el agua que corría, sin acercarnos mucho a la zona de turbulencia, que estaba en la bocatoma. El balneario estaba concurrido pero no tanto como para resultar fastidioso. Como en aquellos tiempos aún no se habían masificado las bolsitas de plástico para llevar comida u otros elementos, no se veía basura en los bordes ni en el agua. Sólo césped de un verde luminoso y florecillas en pequeños canteros cada tanto. Por lo demás la Municipalidad de La Banda mantenía perfectamente cuidado aquél lindo recreo, el cual seguramente daba sus buenos beneficios. Me entretenía dejándome llevar por la corriente boca arriba, mientras miraba las altas copas de los eucaliptos, alguna paloma que pasaba volando por entre sus ramas, y el cielo celeste con nubes blancas. De repente me detenía, parándome en el cercano lecho del canal, y desde allí comprobaba en perspectiva la hermosísima presencia de Susana Rouquié, empequeñecida por la distancia, inconfundible entre los niños, mujeres y otros bañistas, quienes jugaban con pelotas y salvavidas de goma a su alrededor.Ese día me dije que todo había sido maravillosamente perfecto hasta ahora, entonces, para que culminara completamente bien, yo debía tratar de unirme sexualmente con ella.

VIII

Susana tenía que regresar a Córdoba el día 3 de enero por la tarde. La noche del 2 constaté que se me había acabado el dinero. Todo lo que obtuviera por la venta de mis equipos -¡una fortuna!- lo había dilapidado en una semana. Cavilaba sombríamente sobre esta realidad cuando llegó Susana. Nos habíamos habituado a que ella me fuese a buscar por casa a eso de las 8 de la noche, hora en que salíamos para volver recién después de las dos o tres de la madrugada.Fuimos en colectivo al centro y la invité a comer un par de carlitos y una coca cola en Siroco. Yo me tomé un porroncito. Después fuimos a Vértigo. Claro, allí no me cobraban. Sin embargo estuve bastante prudente con la bebida, porque tampoco podía abusar de los amigos. Por eso a la hora de volver, me sentía muy lúcido y sin ninguna inclinación a cometer locuras.Le dije entonces que estaba sin un peso y para regresar a nuestras casas tendríamos que caminar. Eran como las dos de la mañana, a esa hora ya no había colectivos. Ella no puso reparos y emprendimos el regreso cruzando la plaza, para caminar luego rectamente por la Libertad. Al llegar a la Belgrano se quitó los zapatos.Muchas veces había recorrido esa calle, regresando del centro o de visitar a Silvina. Al cruzar la Moreno empezaba a convertirse en algo muy agradable, con sus altísimos árboles a los costados, veredas anchas, y la estación que ocupaba un inmenso terreno tras de un alambrado, en el cual podían verse andenes, antiguas máquinas, galpones, todo entre misteriosas sombras proyectadas por los inmensos eucaliptos que la poblaban. La acequia de la Colón, y más tarde la de la Aguirre, con sus humedades de tierra, su césped, sus repentinos álamos y araucarias, proveían mayor encanto aún a la caminata. La calle era bastante ancha, pero se ensanchaba aún más al llegar a la Aguirre, para convertirse en boulevard. Ahí, a una cuadra y media de esa esquina donde se juntaban cuatro avenidas -la que venía del Sur, la de Huaico Hondo, la de la Sáenz Peña y la Libertad, que a la vez era la salida obligada para viajar a Tucumán y Catamarca-, allí, apenas pasando la hermosa plazoleta detrás de la cual se levantaban las torres de la capilla del Santo Cristo, en ese barrio lleno de jardines y grandes árboles, aromático de flores por todas partes, silente, compuesto de casas espaciosas, con techos entejados y a dos aguas, entre las residencias de las familias Conde y Beggeres: allí precisamente vivía yo.Cuando llegábamos a la vereda de mi casa le dije que viniera un rato a escuchar música conmigo y ella aceptó. Por esos tiempos mi padre se había puesto de novio y planeaba casarse por segunda vez. Para ello estaba construyendo una vivienda, independiente del resto de la edificación, en el espacioso patio de atrás. Hacia allí la conduje, atravesando el ancho pasillo que conocía muy bien. Ella me dio la mano. Era la primera vez que entraba a mi casa y debía hacerlo en la oscuridad.Con toda deliberación había preparado esa tarde la cama matrimonial de mi padre, que él aún no usaba, instalando mi potente grabador Phillips al lado, sobre una mesita de luz. Era uno de esos aparatos a cinta, pero cada cinta duraba una hora. Tenía colocada una de música muy lenta, la cual debíamos empezar a escuchar en el momento mismo en que nos ubicáramos sobre la cama. Desde el parlante comenzó a susurrarnos Sergio Mendes & Brazil 66 cuando lo encendí. No había otro mueble allí además de los mencionados, tampoco entonces oportunidad de elegir. Nos recostamos juntos; de inmediato fuimos deslizándonos por todos los ejercicios amatorios que podían conocer unos jóvenes de diecinueve y veinte años. Por mi parte me concentré en un lentísimo proceso de desvestimiento, esmerándome en quitar a mi cuerpo las prendas que llevaba -por suerte pocas- y también quitárselas a ella, con absoluta naturalidad y prudencia, para que ningún movimiento inarmónico pudiese romper el encanto o provocar en Susana una reacción contraria. Susana estaba un poco pasiva y por momentos se entregaba al proceso por el que yo, con serena determinación, procuraba llevarla; pero de a ratos percibía en su piel, o en algún brillo de sus ojos, cierta indecisión que me preocupaba. Al llegar al pequeño slip oscuro -la última prenda que le quedaba, pues yo me había desnudado por completo y a la vez había logrado quitarle lo que ella llevaba encima- me preparé para el salto final, la acción que debería llevarme al paraíso terrenal, con el que imaginaba culminaría la unión -cuando la lograra. Despaciosamente, comencé a bajar aquella pieza suave, mientras besaba su ombligo y la delicadísima piel de sus caderas con meticulosa dedicación. Ella hacía un pequeño esfuerzo por evitarlo, pero paulatinamente mis manos iban bajando, bajando la pequeña pieza, venciendo con cautela extrema la leve resistencia que oponía al rozar con la amorosa piel su textura bordada, deslizándola por los muslos combados, milímetro a milímetro, con cada vez menos dificultad mientras se iba acercando a las rodillas, pues hasta allí sus manos ya no alcanzaban y era evidente que tampoco ella quería efectuar ninguna acción brusca. En el momento en que la bombachita se había librado completamente de la zona más ancha de los muslos y comenzaba a bajar velozmente por las pantorrillas, cuando casi estaba llegando al tobillo, creí escuchar un fru-fru leve, como el rozar de ropas de alguien que se deslizaba en el patio; eso me distrajo un instante. Ya faltaba dar solamente un pequeño tirón y el slip iba dejar de constituir una molestia: debía quitarlo y tirarlo lejos. Entonces noté que la puerta había quedado entreabierta, e inexplicable, estúpidamente me levanté, impulsivamente, para cerrarla. Cuando volví a la cama -apenas un segundo después- ya era tarde; alcancé a ver a Susana levantando rápidamente el slip, colocándolo en el lugar donde se convertiría en interdicción, y comenzaba a vestirse. Me eché sobre ella tratando de disuadirla, pero me rechazó con suave firmeza."No, ya es tarde, ya me debo ir", me repitió. Estaba completamente fría. *No me quedó otra alternativa que vestirme también, para acompañarla. Hosco y meditabundo la despedí sin besarla, en la esquina de su casa. Me acosté rumiando mi rencor, maldiciendo mi estupidez por haberme levantado en aquel momento preciso, preguntándome si no había perdido una segunda oportunidad por no haberla obligado a quitarse el slip en el momento mismo en que se lo levantaba, apelando a mi fuerza. A esto último me contestaba que yo jamás violaría a una mujer; pero ello no calmaba mi desengaño y me sentía insatisfecho y contrariado hasta la obsesión.Continuaba sin resolver esa turbulencia interior y reflexionando sin cesar sobre lo sucedido cuando Susana vino a despedirse, después de almorzar. El día se había presentado tenuemente nublado, eran como las dos de la tarde. A las cuatro y media se iría. La miré por última vez, enmarcada por los ligustros, que mi abuelo modelaba con gran celo formando una tupida verja hasta la altura de nuestras cabezas. No había en su rostro ni una pizca de maquillaje, sus ojos se habían vuelto un poco melancólicos y más claros. A pesar de mi plena conciencia de que eran nuestros últimos momentos, no pude evitar agredirla. Es decir, lo hice con circunloquios y alusiones, sin proferir ninguna palabra que -según mi orgulloso machismo- me dejara como dolido por no haber logrado acoplarme con ella. Pero los tonos de mi voz y mi actitud general emanaban resentimiento, despecho, decepción, hasta un poco de rencor. Ella estaba asombrosamente calma y comprensiva, hasta compasiva: me di cuenta que comprendía perfectamente mis sentimientos, sin el menor asomo de sorna, y que si hubiese podido se habría desnudado allí mismo para complacerme y calmar mi angustia. Pero también con esa profunda sabiduría femenina que los hombres no alcanzaremos jamás, ella comprendía, al mismo tiempo, que no serviría de nada. Debíamos separarnos, nuestro tiempo había llegado al final.

IX

En agosto de 1970 debí cumplir una comisión para el Distrito SE (Administración) donde prestaba el servicio militar. Consistía en llevar a dos infractores hasta Córdoba, y entregarlos allí en una guarnición del IIIer Cuerpo. Me alegró mucho saber que como se habían presentado espontáneamente, no eran considerados peligrosos, razón por la cual no necesitaría viajar con armas. Cada vez que debí cumplir alguna tarea militar en un medio civil me sentí muy estúpido cubierto de arneses, con una pistola al cinto y un inmenso fusil en las manos -aunque tal vez lo peor era el casco.El uniforme de salida, en cambio, podía considerarse discretamente elegante, si se había tenido la precaución de entallarlo. Así, viajé pues, con mis infractores, en tren.No hubo ningún problema; llegamos a Córdoba al atardecer. Tomé un taxi y luego de entregar a los muchachos a un suboficial y un subteniente en la guardia, quedé en libertad. Debía presentarme en mi regimiento dos días después, así que me quedaban más o menos 24 horas para disfrutar.Iba a alojarme en lo de mi tía Eudora, a quien ya habíamos advertido por teléfono. Como mi tío era también militar, demostró gran satisfacción al verme con el uniforme. Dijo que me quedaba muy bien y que tenía presencia de soldado.Bien. Pero apenas hube cumplido los saludos protocolares, me hube instalado en la cómoda habitación que mi cariñosa tía había aparejado especialmente para mí, hube conversado un rato con mis primos, perfectamente pulcro luego de un baño caliente y una buena afeitada, me apronté para intentar la búsqueda de Susana. No era fácil. El único dato con que contaba para encontrarla era su apellido, pues seguramente no figuraría en la guía su nombre sino el de sus padres, y si bien me había dicho la calle donde vivía al momento la había olvidado.Milagrosamente la encontré. Mejor dicho, encontré su casa, pues al leerla recordé el nombre de la calle y su apellido era único allí.Después de unos segundos, una señora me atendió. Cuando le pregunté si me había comunicado con la casa de la familia Rouquié me dijo que sí. Cuando le pregunté si allí vivía una señorita de diecinueve años, llamada Susana Rouquié me dijo que sí. O mejor dicho, no. Ella había vivido ahí, era su hija, pero hace poco se había trasladado a una vivienda independiente.Le dije que yo era un amigo de Susana, que nos habíamos conocido en Santiago, que tenía mucho interés en encontrarla, que por favor me diera su número telefónico si lo tuviese o si no su dirección. Después de tres segundos de silencio la mujer murmuró con voz en la cual me pareció captar cierta gradación compasiva:-Joven, tengo que hacerle una advertencia. Susana ya no es más soltera. Se ha casado, hace cuatro meses, Ahora vive con su marido, esperan el nacimiento de un niño.Luego de agradecer, lo más convincentemente que pude, colgué.


* Muchos años después, por un comentario sesgado de mi padre, me enteré que aquel fru-fru existió realmente, no fue una mala pasada que me jugara la imaginación. Él había oído ruidos, se había levantado a inspeccionar. Por un momento, se había acercado a la ventana...
 Julio Carreras
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